28 de septiembre de 2012

Vendedor de sandías



Realizado por Brenda  Opazo


Se levantó a las 7 de la mañana como todos los días del verano, debía madrugar por su condición de trabajador mientras tantos otros están de vacaciones, fue hacia su camioneta Ford de los años 70 siguiendo la eterna rutina, cargó unas sandías, lo cual antes no había podido hacer por falta de tiempo, rezo a dios pidiendo por un buen día tanto económico como climático porque nadie desea vender bajo la lluvia por más linda que esta fuese. Volvió a la cocina-living-comedor-pieza, para tomar un simple desayuno (mate cocido con un mignon de pan), luego se quedó sentado en la mesa esperando por unos segundos para después subir a esa chata destartalada, que no tenía ni idea porque razón seguía andando, e ir allí cerca del puente de salida a la ciudad (o de entrada según el punto de vista aunque el frena del lado de salida). Allí pasaban los autos en dirección al río y el hombre sabía por experiencia que en ese lugar las ventas eran buenas. Estacionó la chata y preparó el puestito, a esa hora se sentía que el día prometía ser caluroso como cualquier otro.
 Eran las tres tarde ya y el sol estaba arriba incidiendo con toda su intensidad, le caían un par de gotas de sudor debido a ese tedioso calor, a esos 40 grados de sensación térmica que anunciaban sorprendidos los locutores de las diferentes radios, y el hombre firme se mantenía debajo de esa pequeña sombra, al lado de su chata esperando por los clientes. Las ventas parecían normales, todavía el dinero ganado no cubría los gastos para vivir, debiendo esperar el finalizar de esa larga jornada mientras en su rostro el cansancio se visualizaba y su cuerpo amainaba ya por lo mismo... Fue en ese entonces cuando un auto diferente a los cotidianos frenó cerca del puesto, era una patrulla de la cual bajaron un par de policías que fueron directo al hombre. Uno de ellos le pidió el documento y los papeles que acrediten el permiso para vender las sandías en ese lugar, esto último quizás de malvados porque de antemano conocían la situación del hombre. Sabían por conocimiento anterior que no poseía ningún papel y que por la misma razón tampoco pagaba impuestos, pero ellos no se atrevían a contraponer en ese pensamiento la otra verdad, no se atrevían a decir -este es su único medio de subsistencia- y menos pensaban que uno o dos pesitos, por poco que parezcan, eran claves para modificar la vida cotidiana de nuestro hombre... Ya era pobre y querían hundirlo aún más, triste desgracia la que le tocó vivir, pero estos policías quizás no eran tan consientes de ello, solo cumplen órdenes y en cierta medida les satisface cumplirlas al no cuestionarlas.
El hombre percibiendo la que se venía abrió su boca para depositar palabras en el aire, quizás alguien las escuche pero eso no le importaba, ya estaba cansado de no poderse indignar si para indignarse se debe pertenecer “a otra condición, a otro “status””, estaba incluso cansado de vivir, pero la remaba todos los días. Sus palabras, que nunca pudieron ser sabias, estaban alimentadas por toda una vida de ver, y peor: de vivir miserias. Era una voz no tan vieja, dada por tantas situaciones la que le hizo decir –¡No tengo ningún papel!, ni siquiera aquel que acredite mi pobreza, soy solo ¡uno más de tantos! aunque posea estas pocas sandías y esta chata que ¡algún milagro! la pone a andar todos los días, ésta es la vida que, en la repartición realizada por algún ser diabólico, me hizo vivir, este es la vida que me toco vivir y de la cual, por desgracia, no puedo escapar... Cada vez se le agregan más desgracias a las desgracias, realizando el polo opuesto de la famosa frase “la plata trae la plata” parece ser que la falta de ella te lleva cada vez más a una pobreza extrema, y a su vez las ¡malditas! desgracias parecen traer más ¡malditas! desgracias. Permítanme decirles que, por más empeño y esmero que le ponga, no puedo escaparle y cuando encuentro algo que, a fuerza de sudor y trabajo, me permite apenas vivir el ¡maldito destino!, por aquella necesidad que tengo de echarle a algo la culpa, se encarga de arrebatármelo-. El hombre prefería no nombrar la palabra policías para no suscitar bronca en ellos, tampoco sistema si nunca se le cruzó cuestionarlo, tampoco la maldad en las personas, solo conocía esa necesidad disfrazada de maldad que surge en la miseria. El policía haciendo, oídos sordos a las palabras del hombre, dijo –Lo siento señor, nosotros estamos cumpliendo con nuestro deber, y él nos dice que debemos confiscarle sus sandías-. El hombre, falto de fuerzas, pensó para sí-más que deber son ordenes las que le dicen a estos hipócritas lo que tienen que hacer, el deber del que hablan es una mentira- y luego, sin ser consciente de ello, en voz alta salieron estas palabras- Ustedes dicen cumplir con su deber, lo oigo a cada rato, y si yo tengo algo que agradecer es el no ser sordo, pero ¿qué quieren que les diga? yo sigo viendo ladrones y no sólo ladrones que roban electrodomésticos, ladrones en el sentido común, yo sigo viendo ladrones de traje y corbata, ladrones en puestos respetables. Veo también el último eslabón del narcotráfico en el barrio donde vivo y delincuencia organizada. Y a ése al que le llaman deber ya no le presento ni respeto, el deber se encarga, parece, solamente de quitarle la subsistencia a quien se la rebusca para salir adelante, o por lo menos para poder vivir en el día. Sé que somos una masa de trabajadores quienes nos encontramos al margen de la ley, pero nuestra pobreza nos obliga, estamos sumergidos en la pobreza y no nos permiten nada. Y qué quiere que le diga “el deber está ciego” debe ser así de lo contrario como se explica que el deber no siga a la justicia, dígame usted cómo se explica, pero qué iluso soy, a quién diablo le estoy preguntando, le estoy pidiendo a un sordo que escuche las falsedades que dice un ciego y más aún, le estoy pidiendo a un ciego que mire a otro ciego, con razón se queda mudo… deber y justicia, vaya a saber uno cuál es cuál en este mundo de locos. La justicia está loca y el deber está ciego ¿o será al revés?. Lo que es seguro es que usted no las comprenda por más que crea que seguir ordenes es comprenderlas-. El hombre calló unos segundos, no sabía de dónde habían salido tantas palabras pero precisaba un poco de aire, miró a los otros policías que ya estaban confiscando sandías y prosiguió –Usted llévese esas sandías pero sépalo, ese deber es pura patraña, su deber es una porquería que nos lleva para ningún lado…- y el hombre continuaba hablando mientras veía ese montaje realizado para llevarse las sandías. Uno de los policías se acercó y le dijo casi susurrándole –lo siento, es en ésto en los que nos toco vivir, y agradezca que no lo llevamos preso-. El hombre los vió alejarse mientras sus ojos endurecidos por el paso del tiempo, endurecidos por la vida, trataban de hacer brotar una lágrima poniendo todo su empeño en crearla para representar esa tristeza a los despojos.

Por Serápiens

24 de septiembre de 2012

Intemperie


I
Pero la mente es algo blasfemo
momento y beso apagado



II
Eran bestias

reguero de sangre
arcilla compactada
y porcelanas acribilladas.

Las lágrimas rotas
de otra noche bañada,
luna roja,
niebla,
temor y silencio,
gritos apagados.

La palabra,
la palabra herida,
acción perpetuando la lucha
deshecha, derrotada
jamás vencida
jamás de cabeza gacha.

Reguero de sangre,
ropa deshilachada
ideas malheridas,
atrocidades disfrazadas de santas,
la filosofía huyó
junto a la ciencia
junto a la vida.

Detrás de las paredes, el refugio…

Basuras, basureros, basural.

Dios enmudeció,
el niño sin padre lloró
y alguien perdió su hermano.
La esperanza pisoteada,
desgarrada.
En tiempos de horror,
de muerte camuflada en vida.



III
Condenado blasfemo
ejecución sincrónica.
Sus ojos vendados,
la venda abandona el blanco,
y el rojo gotea
como lágrimas,
como tristezas,
con furia
de temores pasados.

Miedos futuros y pretéritos

transmutación simbólica

condenado deshecho.



IV
Lobo oscuro
sombre nocturna
cataclismo inesperado.

Miseria vil,
sonrisa sádica.

¿Dónde está el bufón?
¿O el cínico?
¿O el siniestro?

Carcajada cruel,
cascada sangrienta,
cadenas oxidadas,
crujidos escalofriantes
en la oscuridad nocturna.


V
Amordazada la mano

alfileres
clavados
en la llaga

impedimentos
cocidos sus labios

faltan algodones
insertados
en su nariz.


VI
¿Acaso lloran los muertos
por quienes quedaron en vida?

Por Fernando Klap

19 de septiembre de 2012

El edificio


El edificio, cuatro mil salones dicen, “INFINITOS” gritan otros para dar una idea más acertada de su magnitud. Existe el rumor de que nadie jamás lo ha podido recorrer completo, no negare de que hay osados, aventureros que lo intentan, tampoco negaré a los charlatanes, de estos últimos sobran y… algunos quieren hacerte creer que han podido atravesar el edificio de punta a punta… También he conocido a personas que prefieren no nombrarlo, parecen temerle a su magnificencia.
Nadie sabe que hay en cada sala, incluso en algunas salas de fácil acceso es imposible decir con rigor todo lo que la compone. Los pisos son de estilos muy variados, algunos de rareza enorme, en ellos confluyen todas las civilizaciones pasadas y presentes, estando a la espera las futuras…
Una propuesta muy popular es caminar solo por algunas habitaciones con los ojos bien abiertos intentando que no se escape detalle. Cada tiempos muy irregulares se escuchan crujidos: señal del deterioro. A veces los crujidos transmutan y se escucha un sonido fuerte como el estallido de una dinamita, ¡señoras y señores! Se ha producido un derrumbe… Algunos han llegado a afirmar que, entre los estruendos que escucharon uno se asemejaba al de la bomba atómica, pero estoy seguro de que nunca escucharon el estallido de una bomba atómica, yo, en particular, nunca escuche ninguno de los dos.
Las salas, como ya se imaginarán, tienen vida útil, son construcciones, el material se carcome, simplemente perecen constantemente. Acerca de la pieza original hay de las más variadas leyendas, algunos dicen que esta por ahí, escondida en  algún rincón del edificio; incluso hay una versión que cobra cada vez más fuerza donde suponen que esa habitación ya no existe,  sin ningún calmante anuncia: “la pieza original de tamaña obra ya no existe” y se deriva de aquí que sólo quedan escombros, pero ni siquiera eso se puede saber, quizás ya sea polvo o ya sea nada, hasta queda la posibilidad que otra pieza haya sido emplazada sobre el olvido de está,  emplazada donde yace muerta como si alguna vez hubiere poseído pulso… Aquí me detengo para aclarar que no solo hay ruidos de derrumbe, también se puede escuchar el ruido de las palas y del constante martilleo, a veces cuando solo hay silencio se escucha el tintineo de un clavo.
El edificio se derrumba por partes y se construye por partes constantemente, es una tarea perpetua, fundamental para su permanencia. Casi todos creen ya que nunca se llegará a una forma definitiva. Nadie sabe aún de que están hechos los cimientos ni siquiera se atreven a decir donde están estos… Hay un rumor que afirma la no existencia  de estos después de todo, para este rumor, no son necesarios.
Lo cierto es que si no he podido crearles una imagen ya del edificio solo puedo agregarles que es monumental. En esas analogías extrañas me atrevo a compararlo a la biblioteca descrita por  Borges, pero aquí no pululan los libros (creo), pululan las salas, los techos, los pisos, las paredes…
Es algo muy exquisito, incluso placentero ver como cae una pared; se siente en el aire cuando vas pasando cerca, te miras con otros y sabes que algo no marcha, o simplemente algo marcha, todos coinciden luego en mirar hacia la misma pared que, al sentirse observada, expide un poco de polvo, y parece querer sacudirse para bañarnos a nosotros en polvo, la consecuencia: se agrieta y cruje, la pared posee vida y chilla del dolor, algunos presurosamente, con todo tipo de material e instrumental de albañilería, corren hacia ella, son médicos de los edificios y de las salas… Hay algunas salas que disponen de su médico de cabecera, otras tienen su médico para las urgencias o, uno cama adentro como si se tratase de un esposo que la cuida día y noche. Pero vuelvo a esta pared donde los médicos corren a ella, donde la pared cruje fuerte y el médico que se dirige hacia su herida ve surgir otras, en su rostro aparece un gesto de desesperación, acaba de hacer el análisis y resulta que se trata de una ¡enfermedad terminal! No queda más remedio que mirar… El rol del espectador, la silla dispuesta para contemplar como la fisura transmuta en grieta y luego la grieta se expande, la pared le resiste y grita, unos pocos ladrillos caen primero, solo unos pocos, la lucha es grande y el proceso se  torna lento al principio; pero mientras más aumenta el conteo de los ladrillos caídos, más se debilita… Pierde la lucha, está condenada, lo sabe, no lo admite, es el ajetreo lo que produce cierta esperanza, pero la pared ve al médico ya desesperanzado que la mira desde la silla con los ojos chorreados y reconoce pues que no hay posibilidad, solo queda un camino, solo un camino… Se desmorona ante la lágrima, todos los trozos se desprenden al mismo tiempo para caer estruendosamente. Se asemeja su caída a una coreografía, la exactitud para el objetivo propuesto es primordial, un error significa un estruendo amortiguado, y hace la diferencia sobre el impacto producido en el espectador, en el éxtasis, el regocijo y en la mirada posterior a los escombros…

Por Serápiens 

8 de septiembre de 2012

Apariencias

Escena 1:
Sentado, sigue con los ojos las letras, amplía lentamente su inteligencia, su mente. Es tiempo de aprender dicen las ilusiones de letras esparcidas en el aire, pero hay un mundo fuera y él es consciente de su existencia, lo desea con cierto fervor, desea que esté a su alcance… Pero permanece sentado.

Escena 2:
Su cuerpo parece perpetuarse sobre la silla mientras en su cabeza estallan los revuelos, un planteo fundamental crece y crece en su mente, la espera de unos meses surge en pregunta, se repite en la atemporalidad tomando palabras y formas: ¿Podrá esperar 36 meses? El silencio se expande, es él ante las hojas cargadas de tinta; es él en el exterior de las hojas ocupando un espacio, un tiempo, soportando una carga, pesumbrosa carga; es él ante el mundo y él ante las hojas…
Doble dualidad, decisiones interceptadas de mutua implicación.

Escena 3:
La silla, el trono, ¡NO!... Sólo sabe que la silla no es el trono, tampoco es su vida, pero… ¿Cuál es su vida? Puede presentir que puerta está condenada ya a cerrarse o que existe la posibilidad a medias, pero se queda ahí sin traspasar la barrera. Dejar de ser él ante las hojas es recrudecer su “él ante el mundo”.
Quiere lanzar cada hoja, verlas volar por los aires hacia la infinita combinación de las cuatro direcciones pero las volvería a tomar, está seguro; arrodillarse delante de las hojas y agarrarlas una por una para luego ordenarlas no es una imagen agradable, es una bajeza insoportable incluso. No es tan valiente ni tan cobarde, esa cobardía consiente se asemeja a una especie de valentía…. Pero no hay cordura en la decisión, hay seguridad, hay estabilidad, hay una maldita maldición encerrada…

Escena 4:
Fuera el mundo se mueve, el ruido de los autos le hace recordar de ello, el ruido de la heladera dice que hay alguien trabajando en la empresa que distribuye la electricidad.
Dentro no hay mundo, no hay tiempo ni espacio, no parece verlo o no parece haberlo. La silla transmuta en una maquinaría de muerte, en silla eléctrica, en condena sin suplicio, en dolor y tortura.
-La salvación esta a un salto temporal o varios saltos-. Se consuela, consuelo de tontos quizás…

Escena 5:
No aguanta la presión, de él se levanta el alma, se dirige a la cocina lentamente, se escucha el ruido consiguiente del cajón, el mango del cuchillo, el cuchillo frio, el grito, el llanto…
Una voz en pena se pronuncia ante el hecho -Adiós alma, adiós-…

Escena 6:
Otra alma se levanta de su cuerpo, sale y camina, camina hacia el horizonte, lo busca con ansias de tocarlo… Jamás regresa.
La mismas voz -Adiós alma, adiós-….

Escena 7:
El cuerpo, el cuerpo postrado en la silla.
Las lágrimas, las lágrimas caen de su mejilla.
No hay ganadores, sólo existe la posibilidad de perdedores o la de perder una insignificante porción de vida… 36 meses se tatúa su mano, la boca lo pronuncia sin cesar y los ojos desean verlo hasta pulverizarse.
El cuerpo pierde libertad, condena a las almas…

Escena 8:
Almas, cuerpo: un convenio por hacer, no hay condena duradera, no existen, son efímeras… ¿Le esperarían 36 meses?
Pacto: dar vuelta el reloj de arena, al detenerse culminará la espera, caerá la silla o se marchitarán las flores…

Escena 9
Suspenso, indeterminación e incertidumbre controlan la situación…

Por Fernando Klap

27 de agosto de 2012

Lo que dicen los sueños


Una vereda es lo único que tengo delante de mí, hasta  que llegado el momento se corta y dobla, pero  yo no me apresto a doblar, quiero seguir la misma línea sin saber mi dirección. Debo cruzar la calle. Cuando el semáforo me da el visto bueno retomo la marcha, mientras cruzo veo un gitano de esos que leen la suerte, me apresuro a esquivarlo sin dejar de relojearlo. Me causa intriga cómo esas personas a través del ingenio logran convencer de que leen la suerte, o ven el futuro.
Alguien cerca de mí, un joven universitario, lleva una mochila sobre sus hombros, no es tan esquivo con el gitano -Me llamó la atención su aspecto, la mochila, su mirada y su forma de andar, parece altivo pero a su vez genera humildad- Oye al gitano decirle -¿Quieres que lea tu suerte? Claro, sería algo lindo de escuchar aunque no sea de quienes creen en ello. Aminoro el paso, por alguna razón esas palabras quedan resonando en mi mente.
Llego ya a la otra vereda, doblo a la derecha, ellos también doblan a la derecha, como sí siguiesen mis pasos –Qué conveniente- EL gitano hace sus predicciones, todas a medias, no arriesga nada y mantiene un nivel cauteloso. Termina sus oraciones con interrogaciones encubiertas para sacar datos que le sirvan y guiar la conversación a su conveniencia, él asiente y acota. Me rio cínicamente, son todos iguales, su profesión es ver a través de los ojos de las personas y buscar sus reflejos en ellos. No predicen, son artistas del desnudo, desnudan con sus interrogantes encubiertos y sus aciertos genéricos para luego vestirte, usando prendas que tu deseas. Ya te descubrieron… Ese es su arte: desnudar, descubrir y vestir. Mantengo la mueca sin parar la marcha y sin olvidarme de la conversación que se desarrolla tras de mí. El gitano va a lo laboral, le predice que su trabajo futuro rendirá frutos siempre que mantenga esa cautela con la que afronta su vida y luego acota que llegará a ser alguien si nunca se olvida de la humildad, advierte que el éxito será solo una mera máscara falsa sí sucumbe en ese olvido. Algunas reflexiones me sorprenden, me agarran desprevenido, pero luego quedo boquiabierto al escuchar las respuestas del joven. Hay sabiduría en esas dos almas, ahora deseo no haber esquivado al gitano, pero soy consciente de que rápidamente me hubiese desnudado como sé que ellos son conscientes del uso dado a sus sabidurías. El gitano también lleva a cuestas la carga de la experiencia dada por los años. Quizás si hubiese elegido otro rumbo habría llegado a la cima del éxito, pero debo admitir dos cosas, el éxito ese sería la máscara de la que previene al joven y  por otro lado el verdadero éxito ya lo alcanzó. Existen pocos hurgadores tan eficaces y pocas personas dispuestas al juego. El entra seguro de sí mismo y tan seguro está que se dispone a perder con el gitano
Existen razones ocultas o solo intentos y deseos de encontrar razones, podría buscarlas o solo decir: la ausencia de rumbo definido intercedió para que, a la cuadra siguiente, me apreste a cruzar nuevamente la misma calle. Me detendría aquí, pero más misterioso me resulta el hecho de que ellos también la cruzan, alguien desea que los escuche, ellos juegan pero capáz no sea entre ellos, yo sería su objetivo, pero no, lo descarto. Estoy en una situación de paranoia de la cual debo alejarme, prefiero creer en coincidencias a destinos prefijados, prefiero coincidencias como la que ahora acontece sobre mi derecha. ¿Desde cuándo esta ella ahí? Y de pronto acude un deja vu, ¡no! no es eso, es… Es un retroceso en el tiempo, también ella estaba allá, caminando por la otra vereda cuando crucé la calle, pero mi mente ajetreada no reparó en ese detalle. Ahora sólo después de mirarla directamente la veo, ella parece ausente o solo no presta atención en mí, vacilo antes de acercarme un poco más y saludarla. Un: ¿Qué haces por aquí? Queda suspendido en el aire, ella me mira y habla – Por alguna razón te odié y esquivé los encuentros, te odié cada vez que los sonidos propusieron ese encuentro, sólo en esos momentos corté los hilos para que no sucedan, pero te odié al no reconocer la esencia de esos encuentros.  Después comprendí, comprendí  aquello que se apresuraban en ocultar y aquello que ocultaban. Calló y en ese silencio recordé las palabras finales que el joven respondió al adivino “Ya sé estas cosas que tú dices, no vas más allá y en esas cartas que juegas te olvidas de algo, te olvidas que ya tengo decidida la carta que jugaré. Tengo la posesión de la carta que pretendo jugar, ves a través de mis ojos y sabes más de lo que has dicho, incluso tienes ya tu propia hilera de cartas dispuestas a entrar al juego para probar ganarle a la mía. Pero no pudiste ver dentro de mis ojos dos cosas: ésta jugada y que el jugador era consciente de poseer “ésta” carta. Eres un buen hurgador, un buen buscador, no hizo falta mirar tus ojos. Reconozco tu victoria en caso de seguir, pero ese último silencio del que te valiste fue una profundidad más allá de mis ojos y sabes que no puedes vestirme porque mi naturaleza es permanecer desnuda, sabes también que tu victoria no significa mi derrota, que hoy no se trata de ganar porque ya te es imposible desvelar la carta como un misterio caído del cielo o un acto de fe. Yo tengo mi carta y tú las tuyas, los dos resultamos ganadores, ambos hemos crecido, te irás sabiendo algo nuevo a la vez que me brindaste algo de ayuda, otro día encontrarás almas más perdidas que necesitan quien les haga de espejo, pero yo en este espejo ya me ví completo y tú viste mi carta” El gitano miró sus ojos y se fue agradecido, pero antes acotó “Ya dijiste todo, incluso arrebataste mis propias palabras, hasta pudiste ver el porqué de mi elección. Hace mucho que no tenía un encuentro fortuito y tan agradable como éste. No queda más que despedirme agradecido”. Después ambos marcharon hacia rumbos contrarios.

Por Serápiens

19 de agosto de 2012

No mira, no escucha, no habla

No mira,
no escucha,
no habla

Tiene ojos, no los usa
ve aunque no mira.
Tiene oídos, no los usa
oye pero no escucha.
Tiene boca, no la usa
gesticula cosas vacías, sin coherencia.

No mira la miseria,
no escucha gritos de justicia
y calla cuando algo mira,
y calla cuando algo escucha.

No grita ante el maltrato
no cuestiona, ni siquiera habla.
No mira, no escucha, no habla.
¡SILENCIO! Esta aislado
he dicho ¡SILENCIO!
dejadlo tranquilo.

No los escucha,
tampoco los mira,
menos les hablara.

¡Quiten esas imágenes!
Son innecesarias
¡Qué nadie se le acerque!
Con nadie hablaría.

No mira el mal,
no escucha a los inconformistas
no habla... ¡él! Quedado en la indiferencia
no mira, es su rutina,
no escucha, es su lema
no habla, es su ley primera

-¿Que paso allá?
¿Vos estuviste?
¿Fuiste testigo de la violación reiterada
a esos que le dicen derechos humanos?-
-¿Lo miraste?-
-No-
-¿Lo escuchaste?-
-¡No!-

No habla, calla
No cuestiona, calla
no levanta su voz, calla
esta oprimido
sin necesariamente estarlo
es un nadie, es un alguien
¡Qué importa ya!
Es un indiferente
no vive o parece que no vive
respira, si respira, pero... ¿Vive?
No escucha, no habla, no mira
¿Para qué vivir entonces?
Mudo, sordo y ciego sin serlo

Camina sobre el camino pautado,
camina sin esperar sorpresas,
camina sin sorprender a los demás,
camina donde todos han caminado,
sin mirar a los costados, hay muros inmensos,
sin escuchar, lo muros son de silencio,
sin hablar, todos van callados.
No mira, no escucha, no habla
no escucha, no mira, no habla
no habla, no mira, no escucha
no mira, no habla, no escucha
sin importar el ¡maldito! orden.

No escucha,
No mira,
No habla

Calla y calló ante las inclemencias,
quizás también callará,
es uno más sin diferencia en su ser
aunque parecen haberlo en la escala social
pero desde abajo hasta arriba
presentando todos esa misma manera de ser


Por Serápiens

12 de agosto de 2012

Oda a Localinda


Localinda, por ti escribiré mis versos y suspirará el viento, cantarán las plantas y bailarán sus hojas. Fueron días los que te busque, unos desencuentros no impidieron que luego surjan los encuentros. Nuestros alientos fueron primero, nuestros olores se mezclaron y nuestros cuerpos rozaron después… Almendras son las gotas de recuerdo que rellenan los bombones, el viento agitado se escucha con nostalgia, las calles están vacías a pesar de estar tan populosas, los murmullos son opacos… ¡Oh! Localinda, reina de las alondras y de las sirenas, ¿Dónde está ese mar que te vio nacer? ¿De qué comida te habrán alimentado para formar tan magnánimo carácter?...
Detrás de los arboles sueño con ver dos presencias olvidadas del correr de la arena y del devenir… ¿Habrá algo más preciado que esa tierna locura? Recuérdola en la soledad de los lagos, a través de los dibujos en la arena y el cantar del bandoneón, o en aquel puerto con ese vestido marrón. Recuerdo, entre mes, haber rumbeado puerto en puerto con mi guitarra y mis penas buscando esos ojos que reflejan mis imágenes, esos ojos que desnudan tu persona. O aquella noche de ensueños cual nunca supe si alcance a dormirme en los confines del paraíso, fuimos expulsados del edén por morder de esa manzana y recorrer aquellos poéticos paisajes… Allá en la noche donde el tacto opaco al sonido y el viento lejos llevo las imágenes, solo una presencia conjugada dejo en la escena. Después las aguas termales invadieron el espacio y desearon ahogarnos en el deseo.
¡Oh! Mi bella localinda, ¿Dónde estarás ahora que deseo que el recuerdo sea presente y el presente sea tangible?
Hablamos de plantas y verduras, en el fuego cocinamos todo y nos miramos sin cortar la distancia, a escondidas del cielo hubo una unión nuevamente pasajera, el cielo trajo las quejas de un bandoneón después, tomando fuerza esa melodía lejana para cocer aún más esas almas encontradas. Hoy, hoy es hoy, como mañana será ayer, el ayer que deseo, el ayer que anhelo, el recuerdo transmutado en presente, el señor de traje que nos guiña un ojo y la señora que lanza una breve carcajada.
Localinda de los sueños, localinda reina del presente


Juan Gregorio Rivas